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Católico, padre de familia y abogado. Aficionado de los juegos de rol, la ciencia ficción e internet.
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Lunes, 27 de febrero de 2006
En general, entre católicos y protestantes hay bastante claridad acerca de aquello que nos une y lo que nos dividie, pero quiza uno de los temas menos discutidos es cómo, en la Iglesia Católica y en las Iglesias que surgieron de la reforma hay una idea completamente diferente acerca de lo que es y deber ser la Iglesia de Cristo.
Cuando uno habla de la Iglesia Católica, lo primero que se viene a la mente es la jerarquía, el Papa y los cardenales con vistosos sombreros y curiosos trajes y las grandes basílicas romanas. Es natural que así sea, dado que la Iglesia católica es bastante visible ahí donde se encuentra, desde el estilo de los edificios, hasta la ropa que usando sus ministros.
En el protestantismo, tal vez por oposición, predomina precisamente la idea contraria: la de una Iglesia invisible, cuyos miembros usan ropas normales, se congregan en casas normales y sólo se diferencias del resto de la sociedad por la santidad de sus vidas. Esta costumbre refuerza la idea de que la Iglesia no está unida por un conjunto de dogmas estrictamente definido sino por un credo mínimo, no tiene una jerarquía común y está formada sólo por los elegidos. Por eso para un católico de toda la vida es muy difícil irse de la Iglesia, mientras que los protestantes en Estados Unidos al menos, se pasan de una congregación a otra sin grandes conflictos.
El concepto protestante es muy loable en el sentido de poner énfasis en la santidad personal, pero falla precisamente en aquello que es propio de la reforma: no es un concepto bíblico. Si entendemos a la Iglesia como el Pueblo de Dios, peregrino en esta tierra, lo bíblico es fijarnos en el modelo de Pueblo de Dios que aparece en el Antigua Testamento, que es el Pueblo de Israel.
En el Antiguo Testamento nos encontramos que el pueblo de Israel es una nación perfectamente visible y estructurada en medio de las naciones del mundo, ciertamente no la más importante en el concierto de las naciones, pero sin lugar a dudas es diferente de las demás. Este pueblo de Dios, modelo de la Iglesia, no está formado sólo por personas santas, sino que conviven en él diferentes grados de perfección, llegando al punto que su rey, escogido por Dios para guiar al pueblo es capaz de los pecados más horribles. Es cierto que hubo doce tribus perdidas, pero una vez que esas tribus cortaron sus lazos "formales" con el Pueblo de Dios, y su cede visible en la tierra, también desaparecieron de la historia de la salvación.
Y ya que hablamos del lazos visibles ¿qué encontramos en Israel a este respecto? ¡Una jerarquía claramente definida y establecida por Dios! a pesar de los pecados personales que puedan cometer sus representantes, la jerarquía es puesta por Dios para guiar su pueblo y es Él, no el pueblo, el que se encarga de reprenderlos o cambiarlos cuando se desvían de la senda.
Cada vez que un protestante quiera reprender a los católicos por las infidelidades de la Iglesia, y por los pecados que ha acumulado la jerarquía a lo largo de los años, conviene mirar al pueblo de Israel, a este Pueblo de Dios que a pesar de sus flaquezas nunca fue abandonado por Dios, tal como NSJC prometió permanecer con la Iglesia hasta el fin de los tiempos. Así será claro que Dios quería una Iglesia visible, jerárquica, donde conviven santos y pecadores, pero sobre todo que Dios es fiel a sus promesas.
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