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Católico, padre de familia y abogado. Aficionado de los juegos de rol, la ciencia ficción e internet.
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Jueves, 24 de noviembre de 2005
Durante la controversia sobre los matrimonios homosexuales en España mucha gente se preguntaba por qué la Iglesia se metía en política y en la vida privada de las personas, y este comentarista en Argepundit decía ser católico pero no creer que el divorcio ofendía a Dios.
Lo relevante detrás de estas 3 anécdotas es una idea que actualmente se encuentra impregnada en nuestra cultura pero que pocos identifican y nadie se atreve a decir: para nuestra época el matrimonio no es gran cosa. Usando un poco de exageración retórica, podríamos decir que es un poco más que un aumento de sueldo.¿Te subieron el sueldo? ¡felicitaciones! juntémonos el sábado en la tarde a tomarnos unos tragos; ¿Te vas a casar? ¡bien por tí! juntémonos el sábado en la noche y te llevo un engañito.En otras palabras, el matrimonio es un evento privado, se celebra con familiares y amigos y no pasa nada.
Sin embargo, hasta hace poco la sociedad entendía (y la Iglesia todavía entiende) que el matrimonio era un evento qe cambiaba tu posición en la sociedad, el Estado Civil era un factor que definía a los individuos, aún más que su profesión u origen social. Los compromisos matrimoniales estaban rodeados de una serie de formalidades que duraban meses, la ley exigía que se manifestara la intención de casarse ante el Estado mucho tiempo antes y la celebración misma del matrimonio duraba días. En este proceso participaba la familia de ambos cónyuges, había intercambio de regalos entre los suegros, todo reflejaba un evento social, algo que iba más allá de los novios.
¿Qué fue lo que cambió? para entender el cambio hay que establecer por qué las familias hacían tanto aspaviento al casar a sus hijos, y la razón es que cada matrimonio implicaba la unión de los patrimonios de los novios (que en gran parte pertenecían a la familia de la que venían) y además implicaba que vendrían hijos, los que a su vez reflejarían en una persona la unión de las dos familias.
Esta idea también se puede ver en la leyes que reglaban las relaciones familiares. Hasta hace poco el Código Civil contemplaba el parentesco legítimo, que se producía por el matrimonio, y el parentesco ilegítimo que se producía cuando la unión no había sido sancionada por la ley. Incluso había parentesco de afinidad ilegítima que se establecía entre el hombre que tenía relaciones sexuales con una mujer (sin estar casados, se entiende) y todos los pariente de esa mujer, y viceversa. Eso provocaba que un solo hombre pudiera tener muchas suegras ilegítimas. Esta regulación, que hoy en día nos parece extraña, se explica entendiendo que hasta hace poco el mantener relaciones sexuales resultaba normalmente en la concepción de un hijo, con lo que el acto sexual, que hoy en día es visto como algo esencialmente privado, tarde o temprano se convertiría en algo público.
Así tenemos que lo que cambió en nuestra cultura es que el acto sexual dejó de ser un acto fecundo. Cuando desapareció la fertilidad del acto sexual pasó a ser un acto privado, llevando a ese ámbito no sólo al acto en sí, sino también a su legitimación social, que era el matrimonio.
A consecuencia de este cambio, la Iglesia se ha quedado insistiendo en el sexo como un acto naturalmente fecundo y por lo tanto en el matrimonio como un acto socialmente relevante. La cultura actual, en cambio, y muchos católicos con ella han asumido que el matrimonio es algo privado, que interesa sólo a los novios. Desde este punto de vista, es lógico que los cónyuges se divorcien y los homosexuales se casen si quieren y no afectan a nadie. Lo que provoca entonces la incompresión hacia la Iglesia es esta idea diferente acerca de lo que es y para qué sirve el matrimonio.
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