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Católico, padre de familia y abogado. Aficionado de los juegos de rol, la ciencia ficción e internet.
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Lunes, 17 de noviembre de 2003
Cabe, entonces, clarificar que la Iglesia se opone a una ley de divorcio por motivos de lógica y de bien común. Prueba de ello es que hay numerosas conductas que no obstante ser reprochables desde un punto ético-religioso, como por ejemplo las relaciones sexuales prematrimoniales, no han sido objeto de ninguna campaña en el ámbito legislativo por parte de los obispos.
El columnista rechaza los anuncios de la primera parte de la campaña como "meramente retóricos" porque no conviene a su hombre de paja el ver el argumento de fondo que hay tras ellos, es decir, que las rupturas matrimoniales destruyen la fragua de la sociedad, produciendo ciudadanos de menor calidad.
Finalmente cabe mencionar que los presupuestos liberales que menciona el autor son erróneos a simple vista:
1) Si la ley es incapaz de interpelar a las personas para modificar su conducta, entonces bien podríamos cerrar el congreso y los tribunales. El único fin práctico del derecho es modificar la conducta de los ciudadanos, no describirla.
2) Es fácil decir que al Estado no le interesa la "bondad" de los ciudadanos, pero la experiencia enseña (entre otros venerables maestros) que el árbol malo no puede dar buenos frutos. Es muchísimo más barato para el Estado prevenir conductas antisociales con una buena (en el sentido más trascendente de la palabra) educación, que destinar ingentes recursos a poner un policía junto a cada mal ciudadano. El liberalismo no hace más que morderse la cola.
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